El otro día escribí un pequeño artículo mientras nuestro dirigente de aula estaba vigilándonos, estaba enojado por las bajas notas del paralelo. Cuando revisé este artículo recordé que tiempo atrás me decidí a destruir a este sujeto, esperaré hasta que tenga la mayoría de edad para obtener un lanzallamas y quemarle las piernas. A continuación el texto que escribí aquel momento.
Estoy atónito, en estos momentos, el profesor de Cívica -que también es nuestro dirigente- se encarnó en un solo nombre de destrucción total de la moral. Adolfo es el nombre de este personaje que provoca en muchos la más aguda de las penumbras y de los miedos, es que él hace gala de su nombre anteriormente usado por uno de los representantes más grandes del místico arte de asustar. Adolfo Salas y Adolfo Hitler; una comparación justa.
Y es que este Profesor puede ufanarse irreprochablemente de ser tan tétrico para el género estudiantil como fue Hitler para los judios, la combinación entre su mirada profunda, devastadora e hiriente, sus gestos manuales altamente subliminales y sus palabras castrantes son la combinación idonea para hacerlo tan temible. De hecho, ora mismo está muy cerca de mí y yo exponiéndome valerosamente a que con una mirada inesquivable me paralice y se acerque a mí lentamente a leer esto mientras yo paso los segundos más infelices de mi vida.
Pero esa preocupación no evita que escriba estas líneas con férreo afán; estoy en el cenit de mi pánico, pero lo sé afrontar con la prudencia y elegancia que me caracterizan.
Acaba de pasar alado mío haciéndome un comentario irónico a lo que respondí con una risa sarcástica y cabizbajo.
Pero esto no se quedará así, prometo que algún día -dentro de algunos años- acabaré con él y le cortaré su bigote, me sentiré complacido y reiré de la manera más fuerte posible.
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