A veces en la soledad de mi hogar me pregunto por qué es tan difícil confesar tu amor a otra persona. Lo idoneo sería que el amor fuera motivo de felicidad, de orgullo. Que apenas degustaras de esta emoción te llenaras de unas ganas intrínsecas de confesar el idilio que recorre tu ánima.
Pero no es de esta forma como suceden las cosas, ocurre todo lo contrario, y muchas veces me pregunto: ¿Por qué es tan complicado y espinoso llenarte de coraje para desahogarte frente a tu ser querido?.
¿Por qué sentimos miedo y vergüenza de que aquel ser se llegara a enterar del secreto tan íntimo y recóndito que guarda y oculta el alma con tanto recelo? ¿Acaso no sólo lo malo, lo criminal, lo depravado o lo maligno es motivo de turbación y timidez? Se dice que el amor es la más noble de las pasiones, la más bella de las sensaciones y la más profunda de las emociones. Pero entonces, resulta inexplicable e irrazonable cierta tendencia a ocultarlo.
Mi mundo perfecto sería aquel en el que no tuviéramos miedo de confesar el amor, en el que exparcir y difundir nuestro amor sea cosa de todos los días. Quisiera fervientemente actuar de forma en la cual si nos enamoráramos no sintieramos pena ni vergüenza en anunciarlo en todo lugar y a toda persona y más aún a aquella que ha causado los retortijones del corazón.
El miedo al rechazo nos invade, el pánico al "no" después de aquella propuesta de enlace sentimental nos acosa, sobretodo si esa persona es de suma importancia. Pensamos repetida y constantemente en esa hecatómbica posibilidad de corrupción de la amistad, en que si sólo por ese par de palabras sinceras y honestas la actitud en ambas partes se transmutará y nunca más será aquella hermosa amistad de verano. Preferimos callarnos, tememos al riesgo.
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